Nuestro Ron

tasting Nuestro ron es un producto agroindustrial, y es de los pocos que sobreviven manteniendo un delicado equilibrio entre los campos y la industria. Hablar de ron es hablar también de caña de azúcar, pues de ella se extrae la melaza, materia prima esencia de todos nuestros rones. La importante producción de alcoholes posible en Venezuela –en La Miel, en los valles de Aragua, en Oriente, en Yaracuy-, sin la caña de azúcar, sería impensable. El ron es uno de los pocos productos auténticamente venezolanos, hecho por venezolanos, que sostenidamente se desarrolla y crece íntimamente ligados a una clara noción de venezolanidad.

Sin embargo falta mucho para todavía ser apreciado como realmente lo merece.

Cualquiera puede preguntarse ¿por qué será tan difícil disfrutar, normal y cotidianamente, de nuestro ron? Vas a un bar o a cualquier festejo en casa de amigos, pides un trago de ron y hasta te miran raro. Te lo sirven con desprecio, con cierto desconcierto, y como con rabia y eso, si acaso lo hay. ¿Por qué para muchos de nosotros el ron –digo, el ron  de Venezuela- no es el aperitivo obvio, ese que se pide fácil, sin pensarlo dos veces? ¡Es que ni en las celebraciones de nuestro cuerpo diplomático, aquí o en el exterior –me ha tocado varias veces ser triste testigo de ello- es posible un trago de ron! Por suerte, eso ha venido cambiando.

A lo mejor exagero, pero ¿no será que nosotros, tan proclives a despreciar lo propio y exaltar lo ajeno –y sumergidos desde hace mucho tiempo en una suerte de subcultura “nuevo rica”-, somos incapaces de valorar adecuadamente excelentes rones por el hecho de que se asocian a lo “barato”, a lo popular, a la vida cotidiana de ese pueblo mayoritario que vive en los bordes de la exclusión –con todo lo que ello implica-, que celebra sus pequeños éxitos y sufre sus penas ahogado, sin saberlo, en un excelente aguardiente, agua vital única y prodigiosa, extraída de las mejores cañas de azúcar cosechadas en estas tierras?  En Venezuela, contrario a lo que piensa la “élite” del mercadeo y la publicidad, supuestos expertos en “posicionamiento de marca”, sí se bebe ron, pero no en tascas ni en restaurantes de lujo ni en los sectores “acomodados”, por decirlo de alguna manera, de la sociedad. Es en la calle, en el barrio, las costas y los campos donde se despachan mayoritariamente más de un millón y medio de cajas de ron, cifra nada despreciable. Pero esa no es, precisamente, la imagen del ron, identificada con lo popular, que se muestra en campañas publicitarias. Ese divorcio semántico, si acaso vale el término, entre el ron y quienes se lo beben, tal vez sea el problema de fondo para valorarlo culturalmente de manera trascendente en nuestro país.

El ron, poco a poco, deberá ser parte de nuestra fibra más íntima. Tendrá que ser parte de esa patria que bien nos supo ilustrar nuestro siempre recordado Luis Castro Leiva. Hablo de esa patria cercana más bien a sabores y aromas de la tierra, a los aromas de las cocinas de abuelas, madres o tías, a texturas y recuerdos primigenios, territorio de las primeras sensaciones asociadas a nuestros más remotos recuerdos. La patria de la panela o el papelón, de la melcocha, el batido y del jugo de caña, del plátano maduro con queso, del coco o del ají dulce y picante, del sancocho, del asado criollo. La patria del chocolate, del dulce de cabello de ángel, de lechosa, de toronja, de los huevos chimbos, del arroz con leche, de la piña de Valera y del carácter sublime de un buen mojo trujillano, o cumanés o margariteño, ese que se aromatiza con un toque preciso de cilantro casi al final de su cocción, y que sabe mejor si se le acompaña con cuajada fresca y arepa de maíz pilado.

En la intimidad de tonelesesa otra patria –para mí la patria de verdad-, por supuesto, no deberían faltar los efluvios de nuestro ron. La valoración real del ron venezolano deberíamos defenderla todos, no sólo pequeños reductos de gourmets y catadores esclarecidos.

Escribo estas notas y no puedo dejar de evocar rones de este país que paladeo con frecuencia. Se trata de un Solera Centenaria Reserva Limitada de Destilería Carúpano, añejado en el corazón prodigioso del valle de Macarapana. Me gusta por sus tonos salinos únicos y su rica complejidad, por su boca untuosa y nariz sugerente, nada obvia. Pero pudiera ser también un Selecto o un Ron Antiguo 1796, rones que confecciona Néstor Ortega, nariz fina e implacable responsable y devota de los rones de Santa Teresa. O pudiera ser el meloso Diplomático Reserva o su Reserva Exclusiva, cosechado gracia
s a la sapiencia y paladar fino de Tito Cordero. O un Ocumare blanco, herbáceo y fresco, que lo hace inconfundible,  o el Ocumare Añejo Reserva Especial, sabiamente logrado por la sensibilidad de Andrés Contreras, o de un Cacique 500 o del delicioso Cacique Antiguo, ron 12 años mejor que cualquier whisky escocés que le pongan al lado, o de un Pampero Aniversario, desvelo de Luis Figueroa, hombre de alcoholes de caña que conoce bien las melazas de La Miel. Igualmente pienso en nuevas experiencias, en la complejidad y fineza de Roble Viejo, Extra o Ultra Añejo, creación de genio de Giorgio Melis, o en el novel Barrica 40, nueva experiencia que poco a poco van dando son su personalidad…

Este compendio del ron venezolano es, también, un modesto reconocimiento a los hombres y mujeres que hacen posible el mejor ron del mundo. Etiquetas de las colecciones de marcas muy sólidas como  Pampero, Cacique, Santa Teresa, Ocumare, Carúpano, Diplomático, El Muco, y nuevas marcas que enriquecen la oferta como Ron Roble Viejo, Cañaveral, Barrica 40, se reseñan en el libro. Igualmente se habla, muy someramente del chocolate como compañero excelente del destilado de caña.

Ciertamente ya el mundo aprecia el ron de Venezuela y lo valora como el mejor de su clase. Aquí nosotros no lo suficiente. El ron de Venezuela espera ese gesto de nosotros.

Vladimir Viloria, Caracas 2016